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Jerry Goldsmith y la música sin mapa de El planeta de los simios

22 de abril de 2021

¿Cómo se compone la música de un mundo que debería resultar desconocido? Una posibilidad sería inventar melodías grandiosas, futuristas y fáciles de recordar. Jerry Goldsmith tomó otro camino en El planeta de los simios: eliminó casi todos los puntos de apoyo habituales y construyó una banda sonora atonal, áspera y desconcertante.

La película de Franklin J. Schaffner, estrenada en 1968, ocupa el séptimo puesto de nuestro recorrido cronológico por algunas de las bandas sonoras más importantes de la historia. No está ahí por ofrecer una colección de temas pegadizos, sino por demostrar que la música de cine también puede funcionar como una experiencia física: puede incomodar, desorientar y hacernos sentir que hemos llegado a un lugar cuyas reglas todavía no comprendemos.

Una banda sonora sin coordenadas

Gran parte de la música cinematográfica tradicional se apoya en elementos reconocibles: una melodía principal, una armonía capaz de crear tensión o reposo y una estructura que permite anticipar hacia dónde se dirige una escena. Goldsmith reduce deliberadamente esas referencias. En su partitura apenas hay melodías a las que agarrarse y los sonidos parecen avanzar de manera imprevisible.

Eso no significa que la música esté hecha al azar. El aparente caos tiene una función narrativa muy concreta: impedir que el espectador se sienta cómodo. Si la película presenta un entorno extraño y difícil de interpretar, la banda sonora no puede comportarse como una guía turística que lo explique todo. Debe compartir esa incertidumbre.

La música se convierte así en una especie de territorio desconocido. No nos dice simplemente que algo es peligroso o misterioso; nos obliga a experimentar esa sensación mediante ritmos irregulares, timbres poco familiares y una organización sonora que evita las soluciones más previsibles.

¿Qué significa que la música sea atonal?

La palabra atonal puede sonar más complicada de lo que realmente es. En términos sencillos, buena parte de la música que escuchamos gira alrededor de un centro: una nota o un acorde que funciona como hogar. Aunque la composición se aleje, normalmente esperamos que termine regresando a ese lugar y nos proporcione cierta sensación de descanso.

La atonalidad debilita o elimina ese centro reconocible. Como consecuencia, el oído pierde la seguridad de saber dónde está y hacia dónde se mueve la música. Las notas pueden rozarse, chocar o generar tensiones que no se resuelven de la manera esperada.

En El planeta de los simios, ese recurso no es una exhibición intelectual separada de la película. Es una herramienta dramática. La ausencia de un “hogar” musical refuerza la impresión de estar fuera de lugar. El espectador escucha un mundo que no parece responder a sus códigos habituales, del mismo modo que los personajes deben enfrentarse a una realidad que no encaja con sus expectativas.

Sonidos extraños para un mundo extraño

Otro rasgo decisivo de la partitura es su uso de instrumentos y sonoridades poco convencionales. La banda sonora evita sonar pulida o confortable y busca texturas que pueden parecer primitivas, secas o agresivas. En lugar de ofrecernos una imagen musical limpia del futuro, Goldsmith crea algo mucho más ambiguo: una mezcla de extrañeza y brutalidad.

Esta decisión resulta especialmente interesante porque una película de ciencia ficción no tiene por qué sonar necesariamente electrónica, tecnológica o “espacial”. Aquí lo desconocido se expresa a través de golpes, fricciones y colores instrumentales difíciles de identificar. Al no reconocer con facilidad el origen de cada sonido, el público tampoco puede clasificarlo ni domesticarlo.

El efecto no depende solo de qué instrumentos se utilizan, sino de cómo se combinan. Un timbre aislado puede resultar curioso; colocado dentro de una masa rítmica irregular y sin una melodía tranquilizadora, se vuelve inquietante. La orquesta deja de ser únicamente una fábrica de belleza y pasa a comportarse como una criatura imprevisible.

El caos también puede contar una historia

Cuando hablamos de una música caótica, podríamos pensar que no tiene orden. Pero en el cine el caos puede estar cuidadosamente diseñado. Una banda sonora puede romper la regularidad para alterar nuestra percepción del tiempo, introducir una amenaza o aumentar la sensación de desconcierto.

Goldsmith trabaja precisamente con esa posibilidad. En vez de acompañar la película desde una distancia segura, la música interviene sobre el cuerpo del espectador. Los ataques inesperados y los cambios de textura crean alerta. No hace falta que aparezca una melodía que podamos tararear después: lo importante es la huella sensorial que deja mientras vemos las imágenes.

Esta es una de las grandes lecciones de la partitura. Una banda sonora no tiene la obligación de ser bonita por separado ni de convertirse en un álbum de temas memorables. Su primera responsabilidad es dialogar con la película. En este caso, la falta de referencias es justamente lo que permite que música e imágenes encajen.

Un cambio radical en la música de cine

La banda sonora de El planeta de los simios se sale de lo establecido hasta entonces porque convierte recursos poco amables —atonalidad, percusión, timbres extraños, escasez melódica— en el centro de una gran producción de ciencia ficción. No los utiliza como un detalle ocasional, sino como el vocabulario principal de la película.

Su importancia no consiste simplemente en sonar diferente. Lo decisivo es que esa diferencia tiene sentido. Goldsmith no añade rareza para llamar la atención sobre sí mismo: crea un lenguaje sonoro coherente con las sensaciones del filme. La partitura nos desorienta porque la historia necesita que estemos desorientados.

Por eso continúa siendo un ejemplo tan útil para entender el lenguaje audiovisual. La música no siempre tiene que explicar una emoción de forma directa. También puede negarnos información, borrar nuestras referencias y convertir el sonido en una pregunta. ¿Estamos realmente en otro planeta? La partitura hace que lo parezca, aunque la respuesta no sea tan sencilla.

Escuchar antes de entender

La propuesta de Jerry Goldsmith invita a escuchar el cine de otra manera. En vez de buscar únicamente el tema principal, conviene atender a las texturas, los silencios, los ritmos y la relación entre el sonido y lo que aparece en pantalla. A veces, la aportación más poderosa de una banda sonora no es una melodía inolvidable, sino la creación de una atmósfera que transforma por completo nuestra percepción de las imágenes.

El planeta de los simios demuestra que la música cinematográfica puede ser incómoda, extraña y casi imposible de tararear, y aun así resultar absolutamente precisa. Goldsmith compuso una partitura sin mapa para una película que necesitaba hacernos perder el norte. Y en esa falta de coordenadas encontró uno de los sonidos más singulares de la ciencia ficción.

Ficha del vídeo

  • Duración: 3:32
  • Publicado en YouTube: 22 de abril de 2021
  • YouTube: Ver vídeo

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